lunes, 18 de noviembre de 2013

Entrevista a Jennifer Salinas: Campeona Mundial de Box

La Paz, noviembre.- Es la boxeadora más exitosa que ha tenido Bolivia. Está cerca de obtener el título de campeona mundial. El nombre de Jennifer Salinas comenzó a escucharse en el país hace poco más de un año, cuando una mayoría desconocía la trayectoria deportiva que ella había logrado en el boxeo amateur y profesional en los Estados Unidos.

Boliviana por padre y estadounidense por madre, Jennifer llegó al país este año para cumplir su sueño de consagrarse campeona mundial de boxeo femenil al disputar el cinturón de la Federación Mundial (WBF por sus siglas en inglés) contra la colombiana Yolis Marrugo. La pelea será el 5 de octubre en la ciudad de Santa Cruz.

Las alegrías por los triunfos conseguidos suman y siguen, aunque no siempre fue así. Al recordar su niñez, esboza sonrisas. Su adolescencia denota tristeza, pero al vivir su madurez reflexiona y reconoce que los duros golpes de la vida le hicieron encontrarse a sí misma mediante la práctica del boxeo.

Recuerda con tristeza su viaje a Estados Unidos, pero de no haberse dado ese hecho, su enojo y rebeldía quizá no hubieran hecho que descubra la fuerza que poseía.

¿Cómo inició su afición por el boxeo?

Empecé a boxear competitivamente a los 19 años en el boxeo amateur en Michigan (EEUU). La razón por la que comencé a boxear no es por la que lo hago ahora, tenía mucha agresividad y quería ubicarme en algo que me mantenga en un mejor camino. Con los años comencé a competir.

¿Por qué te fuiste a EEUU?

Mi madre es norteamericana, pero vivió en Bolivia toda mi niñez. Mi padre y mi madre se divorciaron cuando yo tenía 14 años, y cuando cumplí 15 mi madre y yo nos fuimos a EEUU a empezar de cero nuestra vida, a una ciudad donde no conocíamos a nadie más que a un Pastor de una iglesia. Mi hermano mayor se quedó en Santa Cruz con mi padre.

¿Cómo fue su vida allí los primeros años?

Mi mamá consiguió trabajo de mesera en una pizzería. Yo no hablaba inglés y empecé la escuela sin hablar el idioma y ahí surgieron los problemas: la frustración del nuevo ambiente, los cambios drásticos; no tenía amistades, no tenía familia. Entonces, empecé a actuar muy rebelde.

¿Muy rebelde? ¿Qué hacía?

Me metieron a un colegio donde no había ningún otro latino. Yo era la única latina. Era un lugar donde me llamaban Jenifon. Era la única muchacha que no hablaba el idioma y no tenían el servicio de traductor como lo tienen ahora para personas que no hablan inglés.

No sabía hablar y me tiraron ahí con los tiburones y tuve que aprender poco a poco, creo que me comunicaba más con las manos que con el idioma, peleaba mucho, sentí que todo el tiempo se me burlaban.

Durante esos años tenía mucho orgullo de la reputación que había creado. Realmente me afectó mucho el colegio y las expulsiones.

¿Las expulsiones?

De varios colegios, diría que de unos tres o cuatro durante los años de rebeldía y de mi llegada a EEUU.

¿Llegó a pegar a algún hombre?

Sí, la mayoría eran hombres. En el colegio, en la calle, era una persona que me sentía muy insegura de mí misma, no sabía qué estaban diciendo de mí. Con sólo mirarme mal yo me enojaba y era directamente a la pelea, estaba muy molesta, muy enojada con la vida.

¿Qué etapa de su vida fue la más complicada en Estados Unidos?

Era muy difícil no tener a mi familia, éramos muy unidos. No estoy hablando de mis padres, creo que era una relación muy fuera de lo normal, ya casi nada normal con el divorcio, pero no tener a mis abuelos, mis tíos, mis primos, fue muy difícil. De tener una familia muy unida a nada, absolutamente nada, fue difícil. Fue duro sentir una soledad tremenda. No hablaba el idioma, no tenía amigos, nada.

¿Cómo superó esa etapa de su vida?

Fueron dos años muy difíciles. Hice amistades, pero seguía muy rebelde y peleando. Ya me habían dado la reputación de mala. Era “la boliviana”, “la muchacha peleadora”, “la que no se dejaba con nadie”. Tenía una reputación muy negativa a raíz de mi personalidad, mi carácter. Me sentía irrespetada en mis ideas, emociones, y así empecé a boxear.

Sabía que me iba a ser difícil dejar de pelear. Siempre me gustó y quería continuar peleando, pero sin estar con problemas legales.

¿Tuvo problemas judiciales?

Sí, tuve problemas legales. Algunas personas me demandaron por pelear con ellas, por haberlas atacado. Gracias a Dios no terminé culpable, pero me metí en muchos problemas.

¿Pensó regresar a Bolivia?

A los dos años de estar en EEUU regresé de visita a Bolivia. Mi padre intentó hacer un intercambio con mi madre. Le dijo “te voy a llevar al niño y yo me traigo a Jennifer de nuevo a Bolivia”. Como si fuéramos perritos (ríe). No funcionó.

Mi padre fue a EEUU, dejó a mi hermano y me trajo a Bolivia. No salió nada bien, terminé escapándome de la casa de mi padre. Viví en el Parque Urbano (Santa Cruz) una semana y tres días. Viví en la calle con pandilleros donde me protegieron. Nadie me hizo daño durante ese tiempo. Eventualmente mi padre me encontró, me dio la paliza de mi vida y me mandó de nuevo a EEUU a donde mi madre.

¿Cómo es ahora la relación con su padre?

Mejor que antes. Nos comunicamos. Ahora podemos hablar de los problemas que tuvimos durante mi niñez, algo que no pasaba antes, cuando no había esa comunicación ni esa confianza de un padre con su hija y de una hija con su padre. Ahora siento que sí puedo hablar y él me escucha.

¿Vivió situaciones de violencia de niña?

Lo de mi padre yo no diría que fue violencia. Él me educó a su manera como lo educaron a él. Me daba golpes por mi bien, algo natural acá. Cuando llegué a EEUU fui entendiendo cómo viven allá y por un tiempo me consideraba una víctima. Yo decía “acá no pueden darle un manazo a alguien... le llevan a la cárcel”. No puedes castigar corporalmente a tu hijo. Es ilegal.

Yo sentía que lo que me pasó era injusto, pensaba con rencor, pero ahora soy madre y sé que es necesario dar algún momento un castigo corporal al hijo.

Usted es una mujer muy simpática, ¿cómo fue su vida sentimental?

Mi primer enamorado serio fue a los 17 años en EEUU, pero no fui de tener muchos novios, porque mis relaciones fueron de tiempos largos, de dos y tres años. Me enamoro fácil.

¿Se llegó a casar?

Con mi esposo Ernesto Guevara, que es dominicano, llevamos 13 años juntos. Tenemos tres niños. Soy madre de cuatro, pero con él tengo tres. Yo crié a su hija mayor desde los tres años, Leticia tiene 14.

¿Cuándo su vida dio un giro?

Dio un giro positivo ni bien empecé a boxear, cuando traté de terminar las peleas callejeras. Mi entrenador Ernesto Alonso, un señor cubano, me amenazó con quitarme mi licencia de pelear si seguía usando en la calle lo que aprendía en el gimnasio.

Por esas amenazas y castigos fui quitándome esa rabia, esa rebeldía, ese enojo que yo sentía. Estaba dentro del ring positivamente y así empecé a ganar torneos importantes y a viajar.

Oxígeno

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