jueves, 14 de junio de 2012

Historia Achachicala, zona industrial de La Paz

Es conocida por sus pasajes que se elevan a las alturas a través de gradas interminables, por sus calles empinadas que desafían la destreza de cualquier conductor, por su histórico nombre -que en aymara significa “piedra vieja”-, y por tener un alma cien por ciento industrial.

Así es Achachicala, una tradicional zona paceña que en su tiempo albergó a las principales factorías del país y que hoy, más residencial y familiar, concentra 18 juntas vecinales dentro del macrodistrito Periférica, pero ni los viejos vecinos ni las nuevas generaciones olvidan el glorioso pasado industrial.

“Además de buenos trabajadores fuimos también un gran referente del sindicalismo y de parte de los cambios que se dieron en el país”, cuenta Jorge Cruz, ex empleado de Forno.

“Muchos de los trabajadores -recuerda- se mudaron cerca de la zona y participaban en las actividades como la Fiesta de las Nieves el 5 de agosto, cuando se celebra el aniversario de la zona; pero después todo estaba centrado en las fábricas' nos vestíamos con overoles y trabajábamos en turnos”.

Un barrio pujante

A inicios del siglo XX, la familia Suazo tenía en el sector una enorme y próspera hacienda que, según los lugareños, se llamaba Achachicala debido a que era frecuentada por picapedreros que explotaban sus enormes canteras de rocas de diversos tipos y usos.

Poco a poco la zona empezó a urbanizarse y se instaló una de las primeras fábricas, la Manufactura de Textiles Forno, del inmigrante italiano Herminio Forno, quien hizo de esta empresa una de las más importantes del país durante 69 años.

Otro empresario que se estableció allí fue Domingo Soligno. Como se lee en las páginas del libro Bolivia, en el IV Centenario de la ciudad de La Paz, a inicios de los años 30, Soligno inició sus actividades en un pequeño galpón que años después se convertiría en una de las hilanderías más prósperas de Bolivia.

Aunque hace ya mucho que tanto Forno como la hilandera cerraron, sus enormes y vetustas infraestructuras se mantienen aún en pie.

Por aquella época abrieron sus puertas, además, la Sociedad Industrial Molinera, las cervecerías Águila y El Inca, y la fábrica de vidrios, pero de ellas hoy apenas queda el recuerdo o algunos pocos vestigios en sus remodeladas construcciones.

La prosperidad industrial de la zona fue tal a mediados del siglo pasado que no tardaron en establecerse además curtiembres, fundidoras, una fábrica de sombreros, otras textileras y varias pequeñas y medianas iniciativas.

Es así como trabajo y oportunidades nunca faltaron, pues en su mejor momento las factorías más grandes albergaban hasta 2.000 trabajadores, con lo que no fue difícil que la zona creciera y se consolidara velozmente.

Con el transcurso de los años se establecieron otras grandes empresas como Sonatex, Estatex, Comaco, Imboltex' y luego abrie ron más en la vecina Pura Pura, que en su momento era también considerada parte de Achachicala.

Don Miguel Sáenz, que por más de una década fue presidente de la Junta de Vecinos de Achachicala, recuerda cómo en los primeros años “industriales” la zona ya estaba loteada por los colonos de la hacienda.

“La zona se llamaba Achachicala Fabril ('). Las calles eran de tierra y surcadas por riachuelos; recién en los 70 empedraron algunas, pero hasta hoy en día no hay un sistema de embovedado de calidad y muchas vías están asfaltadas sobre vertientes y ríos”, cuenta Sáenz, sentado en la sala de su casa ubicada en la calle Ramos Gavilán, una de las más antiguas.

Pero el auge empezó en los 60, cuando las precarias viviendas de adobe -que por años albergaron a comunarios que se dedicaban al cultivo de tubérculos y la cría de ganado- dieron paso a nuevas construcciones de ladrillo y varios pisos. Para entonces ya contaban con algunas líneas de transporte, como el micro 5.

Así, Achachicala se consolidó como la zona industrial por excelencia, y de la mano con esta actividad fue creciendo desmedidamente hasta tomar incluso parte de las laderas en cuyas alturas se asientan casas que parecen suspendidas en el aire y que gozan de una vista envidiable de parte de la ciudad y del bosquecillo de Pura Pura.

Tan o más fuertes que sus raíces industriales son los lazos que unen a este sector con su nombre y su origen. Sáenz y Aldo Viscarra, presidente de la Junta de Vecinos de Achachicala Central, recuerdan la vez en que trabajaban en la refacción de la cancha que está cerca del Matadero y se toparon con una piedra de enormes proporciones que hasta el día de hoy no pudieron sacar.

La crisis económica y los cambios tecnológicos y de hábitos de consumo ocasionaron que, entre los años 80 y 90, la mayoría de las históricas industrias cerraran sus puertas y las que no, se mudaron a El Alto, que en poco tiempo se convirtió en la “capital industrial de Bolivia”.

¿Y qué queda entonces en la histórica y pujante Achachicala? Las enormes infraestructuras, fraccionadas, o readecuadas, albergan ahora comercios de diferente clase; algunas sirven de depósitos, y no pocas están vacías.

El movimiento, ajetreo y afán de la gente son hoy silenciosos recuerdos. No volverán, tal vez, los días de bonanza pero, eso sí, la esencia industrial de Achachicala no se perderá jamás.

Página Siete

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